Escuchemos a Mahler
La Orquesta Filarmónica de Santo Domingo interpretará el miércoles 8 de julio la Primera Sinfonía del austríaco, una obra clave del repertorio sinfónico

Gustav Mahler es uno de los compositores más introspectivos de la música clásica y también uno de los que más opiniones encontradas despierta. Su música, de una intensidad emocional poco común, sigue fascinando a unos y desconcertando a otros.
Nacido en 1860, Gustav Mahler fue un compositor y director de orquesta austrobohemio de origen judío, cuyas obras se consideran, junto con las de Richard Strauss, las más importantes del posromanticismo.
En la primera década del siglo XX se consolidó, además, como uno de los directores de orquesta y de ópera más influyentes de su tiempo.
Este miércoles 8 podremos escuchar, con la Orquesta Filarmónica de Santo Domingo, la Primera Sinfonía del compositor austriaco. Titán es una obra titánica, como su propio sobrenombre indica. Será dirigida por el argentino Luis Gorelik.
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El universo de Mahler

Acercarse a la música de Mahler puede parecer un poco denso, pero si estás dispuesto a dedicarle tiempo y escuchar con atención, la recompensa está ahí.
Mahler es responsable de algunas de las sinfonías más increíbles y grandilocuentes de la historia, así como de obras vocales conmovedoras. No es un compositor para abordar a la ligera.
Lo principal con Mahler es prestar atención. Esta es música para sumergirse por completo. A veces, adentrarse en el mundo creado por Mahler puede dar un poco de miedo, pero sin duda vale la pena. Una vez que le des la oportunidad de cautivarte, la música de Mahler te resultará irresistible.
La esencia de Mahler reside, sin duda, en las sinfonías. Con nueve para elegir, cada una con sus propias peculiaridades y excentricidades, es difícil saber por dónde empezar. En general, la Segunda Sinfonía (conocida como La Resurrección) es un buen punto de partida.
Y la escucharemos en el cierre de la Temporada Sinfónica 2026 de la Orquesta Sinfónica Nacional. Al igual que Beethoven antes que él, Mahler crea un puente perfecto entre las obras instrumentales y vocales, por lo que escucharás muchos cantos corales mientras la disfrutas.
Las demás sinfonías, desde la Novena, que lo abarca todo, y la Primera, Titán, hasta la extensa Tercera y la Octava, Sinfonía de los Mil, tienen tanto que explorar que podrías pasar semanas intentando comprenderlas a fondo.
Por otro lado, ciclos de canciones como Des Knaben Wunderhorn (que tiene la muy buena traducción al inglés de The Young Lad's Magic Horn) están repletos de melodías sorprendentemente ligeras.
Una obra para descubrir sin prisas
Esta Primera Sinfonía se divide en cuatro movimientos. Se estrenó en 1889, en Budapest, y dura aproximadamente 51 minutos.
Los movimientos son:
- Langsam, schleppend (Lento, arrastrado): representa el despertar de la naturaleza tras un largo invierno, utilizando un sonido etéreo y cantos de cuervos.
- Kräftig bewegt (Vigoroso): un animado Ländler (danza rústica austriaca) que aporta contraste y vitalidad campesina.
- Feierlich und gemessen, ohne zu schleppen (Solemnemente y medido, sin arrastrar): famoso por su marcha fúnebre basada en la canción infantil francesa Frère Jacques en tono menor, que luego contrasta con melodías melancólicas.
- Stürmisch bewegt (Con movimiento tormentoso): un final feroz y heroico que sintetiza los conflictos de los movimientos anteriores, culminando en un apoteósico triunfo de los metales.
La génesis de la Primera Sinfonía de Mahler fue prolongada: quince años separan sus primeros bocetos de su revisión final. Durante ese tiempo, el compositor pasó de aprendiz a maestro.
En 1884 dio inicio a los temas que acabarían apareciendo en la sinfonía. Mahler era entonces director de orquesta de la Ópera de Kassel y, cuando la obra alcanzó su forma definitiva, era director de la Ópera Imperial de Viena. Los años intermedios lo habían llevado a Praga, Leipzig y Budapest.
En relación con esta sinfonía surgen varios aspectos sobre el compositor. En primer lugar, sus actividades como compositor de canciones estaban inextricablemente entrelazadas con su trabajo como sinfonista.
Pero Mahler acabó distanciándose de esas influencias, dejando una sinfonía de cuatro movimientos con una apertura en forma sonata-allegro, un movimiento de danza enérgico y terrenal, el cortejo fúnebre y un final cuya tormenta se disuelve en luz.
Y aunque es un producto de sus años de viajero, la sinfonía, en su forma final, afirma ya la completa maestría de Mahler, un anuncio inequívoco de que el caminante ha llegado a su destino.
Al hablar de la música de Mahler, no podemos dejar de mencionar al legendario director norteamericano Leonard Bernstein. Él fue responsable de rescatar y universalizar la obra del compositor austriaco.
Su conexión fue tan profunda que realizó dos ciclos integrales de sus sinfonías (en los años sesenta con la Orquesta Filarmónica de Nueva York y en los ochenta con la Filarmónica de Viena), inmortalizándolos como un referente absoluto de la música clásica.
El vínculo entre el director estadounidense y el compositor austriaco iba más allá de la música; ambos compartían la profunda sensación de ser "forasteros" o marginados.
Mahler, un judío que luchaba en la Viena antisemita del siglo XIX, y Bernstein, un músico clásico estadounidense que intentaba encontrar su lugar, compartían una dualidad que Bernstein lograba transmitir con una intensidad emocional sin precedentes.

Carmen Rita Malagón