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Bohío taíno
Bohío taíno

El bohío taíno: la arquitectura ancestral que aún puede enseñarnos a vivir en el Caribe

Mucho más que una vivienda tradicional, esta construcción indígena fue una respuesta sofisticada al clima, los materiales y los vientos del Caribe

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El bohío taíno: la arquitectura ancestral que aún puede enseñarnos a vivir en el Caribe
Cinco siglos después, los materiales, formas y soluciones del bohío taíno frente al calor, la humedad y los huracanes siguen ofreciendo valiosas lecciones. (SUMINISTRADA POR EL AUTOR)

Hace algunas semanas, en el Centro Cultural Taíno Casa del Cordón, se reunió un grupo de arquitectos, historiadores y curiosos del patrimonio para conversar sobre un tema que rara vez ocupa titulares: el bohío.

No pude asistir a ese encuentro, organizado en el marco de la Semana Interamericana de los Pueblos Indígenas, con la participación del arquitecto Esteban Prieto Vicioso y de los arquitectos Rosa Julián y Emilio Olivo.

Pero quiero, desde estas líneas, sumarme a esa conversación y subrayar por qué el bohío merece mucho más espacio del que le damos.

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Los primeros gráficos impresos que representan la arquitectura indígena del Caribe se encuentran en la obra de Gonzalo Fernández de Oviedo, específicamente en su "Historia General y Natural de las Indias", cuya primera edición completa data de 1535.

El bohío no es una anécdota pintoresca en el paisaje, sino la gran lección de arquitectura vernácula que nos legaron nuestros ancestros.

Una arquitectura pensada para el Caribe

Frente al peso de la piedra europea, la morada indígena —ya fuera el caney circular o la casa larga del cacique— fue el pacto de Guabancex con los hombres cuando la entidad enviaba a sus dos cemíes esenciales: Guataubá, el mensajero que anunciaba sus iras con nubes oscuras, truenos y relámpagos; y Coatrisquie, el espíritu que provocaba el desbordamiento de los ríos y las grandes riadas tras las precipitaciones torrenciales.

Los hombres aguardaban en el interior de los bohíos hasta que se apaciguara la furia de Guabancex, confiados en la elasticidad del bejuco y la precisión del mástil.

Más allá del mito, volver sobre estas estructuras, como bien debieron reconocer recientemente en la Casa del Cordón, es descifrar un diseño que entendió el territorio antillano mucho antes de cualquier cuadrícula colonial.

Hoy que los dioses reposan en sus oscuras galerías en el interior de las cuevas y otros mensajeros meteorológicos anuncian las tormentas de temporada por categorías y mediante boletines, en nuestros campos —ajenos a los refugios y las sólidas estructuras contra los vientos— el ingenuo bohío no es un capricho antropológico ni una curiosidad de museo.

Es, todavía hoy, una tecnología constructiva completa, pensada durante siglos para responder al clima, los materiales y los vientos del Caribe.

Es la primera arquitectura de esta isla: la que encontraron los europeos al llegar y la que, pese a cinco siglos de transformaciones, sigue asomando, aunque tristemente cada vez con menos frecuencia, en los campos dominicanos.

Nadie describió el bohío con más detalle que Gonzalo Fernández de Oviedo, cuya Historia General y Natural de las Indias (1535) sigue siendo la fuente primaria más completa sobre esta arquitectura.

Oviedo explica que los indígenas hincaban postes de buena madera en círculo, "a quatro o cinco passos el un poste del otro", y sobre ellos colocaban soleras horizontales y una varazón que convergía en un solo punto, "a manera de pabellón".

El resultado era el caney, la vivienda circular más extendida, cuyo diámetro de entre 5 y 8 metros y su planta redonda no eran meramente decorativos, sino de una estricta eficiencia aerodinámica: al no ofrecer una cara plana al viento, resistía mejor los huracanes porque "no las coje tan de lleno".

Bartolomé de Las Casas, por su parte, describió construcciones aún mayores, en forma de campana, con diámetros de hasta 15 metros y una altura imponente, donde llegaban a convivir diez, veinte o más vecinos bajo un mismo techo, con el interior decorado con corteza teñida en "lazos mui hermosos".

Una casa hecha para resistir

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Lo notable de ambos relatos es la sofisticación estructural de algo que a simple vista parece humilde.

La clave de su resistencia residía en una ingeniería de tensión donde el mástil central —una pieza de maderas duras y de gran porte como la yaba (Andira inermis) o el copey, hincada de 4 a 5 palmos en las entrañas de la tierra— funcionaba como el eje absoluto de la obra.

Si el viento de una tormenta empujaba un flanco, la tensión se distribuía por el cono entero a través de esta columna vertebral, permitiendo que la vivienda vibrara y oscilara sin colapsar.

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A este equilibrio se sumaba el uso magistral de los bejucos (como el bejuco colorado o de cadena), lianas flexibles y de alta resistencia a la tracción que, haciendo las veces de clavos vegetales, unían las varas de guácima y las cañas bravas de las paredes.

Esta ligazón elástica permitía que la casa "bailara" con el huracán en lugar de quebrarse ante la rigidez metálica.

Las crónicas de Fernández de Oviedo y Las Casas nos entregan la gramática de este hábitat, pero es la arqueología la que traduce esas palabras en tierra pisada.

A pocos kilómetros de la costa, en el yacimiento de Macao, las investigaciones arqueológicas conducidas por Gabriel Atiles Bidó y Carlos Andújar han permitido descifrar lo que los textos apenas insinúan: la huella material de esa arquitectura efímera.

Localizar en el subsuelo los antiguos huecos de postes (post-molds) —las improntas oscuras y perfectamente calibradas donde un día se hincaron los troncos— es confirmar en el terreno la modulación exacta descrita por los cronistas.

Cada una de esas oquedades en la tierra no es solo un dato métrico; es el testimonio mudo de cómo el poblador taíno organizaba su espacio doméstico, disponiendo radialmente las hamacas y resguardando un núcleo central donde el fuego cumplía una doble misión: cocinar los alimentos y mantener a raya al comején y los mosquitos gracias a la filtración constante del humo a través de la techumbre de palma cana o paja larga.

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  • Las Casas Comunales: descritas por Las Casas como estructuras en forma de campana, eran capaces de albergar hasta veinte vecinos o familias extendidas. En estas estructuras, el despliegue decorativo alcanzaba su cénit: carrizos mondados y cortezas teñidas se transformaban en "follajes como pinturas" que adornaban el interior, demostrando una alta especialización artesanal.
  • El Bohío del Cacique: a diferencia del caney circular, las casas de los líderes principales eran cuadrilongas (rectangulares) y construidas "a dos aguas". Estas estructuras incluían portales o zaguanes que funcionaban como áreas de recibimiento. Su ubicación privilegiada frente al batey (la plaza central, escenario de juegos de pelota y consejos) permitía al cacique una vigilancia constante de la vida comunal.

La noción de "calle" no era universal. Mientras algunos poblados refieren las crónicas  mostraban una organización cruciforme, otros se distribuían dispersos en torno a la plaza central (el batey).

La ausencia de puertas con cerraduras en la cultura taína es un detalle etnográfico revelador: la seguridad no dependía de barreras físicas, sino de un tejido social donde el robo no formaba parte de la cotidianeidad.

Un legado que se desvanece

Ese saber constructivo no se quedó en el siglo XVI. Se transformó —incorporando el bohío rectangular de influencia española a dos aguas, los aleros generosos que protegían las paredes de la humedad, el tejamanil y las celosías— y llegó, con adaptaciones, hasta el siglo XX.

Todavía es posible encontrar, sobre todo en el sur y en zonas rurales del país, casas de madera herederas directas de aquella primera arquitectura taína. Pero cada año hay menos.

El bloque de cemento, más comercial y rápido de levantar, ha ido sustituyendo sistemáticamente a la vivienda tradicional, sin que ese reemplazo traiga consigo mejores condiciones de habitabilidad frente al implacable calor y la humedad del trópico.

Hace falta algo que todavía no tenemos: una política pública integral de rescate de la arquitectura vernácula.

Urge un inventario nacional de vivienda tradicional en riesgo, incentivos fiscales y de materiales para quienes mantengan o restauren estas estructuras, la incorporación de sus principios bioclimáticos —ventilación cruzada, techos altos, sombras proyectadas por aleros amplios— en los programas de vivienda social, y una pedagogía que, desde la escuela, enseñe a las nuevas generaciones que esa "casa de madera" no es un signo de atraso, sino un legado técnico y cultural de altísima sofisticación.

Conversatorios como el celebrado en la Casa del Cordón son necesarios y estimulantes, pero deben trascender las cuatro paredes de la academia para convertirse en un compromiso de nación.

Porque defender el bohío y su memoria arqueológica no es un ejercicio de nostalgia arqueológica, sino un acto de estricta justicia con nuestro paisaje y con el porvenir de nuestra habitabilidad en el Caribe.

TEMAS -

 Artista plástico, escritor, investigador de prehistoria e historia dominicana y consultor de proyectos culturales.