Embarazo en adolescentes: una crisis social, sanitaria y de derechos humanos
El impacto de la maternidad temprana en el futuro del desarrollo nacional

El embarazo en nuestras adolescentes lo hemos denunciado desde hace décadas y podríamos pasarnos un siglo haciéndolo para seguir viviendo una realidad que crece.
El embarazo en nuestras niñas de 12 y 13 años es un triste indicador o señal de una vulnerabilidad que obliga al Estado, a la familia, al sistema educativo y a los servicios de Salud a cuestionarnos sobre si realmente vamos caminando hacia esa meta a la que hemos dado en llamar desarrollo.
La falta de continuidad en las políticas de prevención de nuestros problemas no puede seguir dependiendo de la voluntad de un gobierno, de un funcionario o del despacho de una primera dama.
Crece la desconfianza en la medicina y en los médicos
Acciones sostenibles
No basta con campañas ocasionales, es necesario una acción y trabajo permanentes, creando una nueva cultura en las escuelas, en la comunidad y deteniendo el deterioro progresivo de la familia que en cualquier sociedad es la zapata en la que descansa el peso del edificio nacional.
Pero, para lograrlo, debemos dejar atrás la inmediatez y sustituirla por acciones permanentes en el tiempo.
El hecho de que existan tantos embarazos en adolescentes en nuestro país, es el resultado de las desigualdades sociales, la ignorancia, la falta de oportunidades, la pobreza y no solo la económica, las deficiencias educativas y las políticas públicas que por tanto tiempo han sido inútiles para modificar sus causas estructurales.
Las complicaciones médicas en una niña embarazada son múltiples: trastornos de hipertensión arterial (preeclampsia y eclampsia), hemorragias en el parto e infecciones que obligan llevar a la madre a la unidad de cuidados intensivos, partos de niños prematuros y bajo peso con una gran carga económica para una familia pobre y un sistema de salud con precariedades.
Sin contar las complicaciones psicológicas que pueden terminar en psiquiátricas con intentos de suicidio: depresión durante el embarazo y después del parto, pérdida de la autoestima, aislamiento, abandono, deserción escolar con todas sus consecuencias y más.
En conclusión: me atrevo a decir que, estamos viviendo una realidad que nos da con fuerza en la cara y que amenaza con nuestra propia destrucción.
Una cultura que habita en el tuétano de nuestros huesos, que nos impide pasar a otro estilo de vida en el que trabajemos no solo por el bien particular, sino también por el bien común.

Marcos Díaz Guillén