El pollo también tiene su DR-Cafta
El precio de no prepararse a tiempo para el comercio internacional
Durante meses, el debate sobre los efectos del DR-Cafta en la producción agropecuaria dominicana ha girado casi exclusivamente alrededor del arroz. Hemos discutido aranceles, salvaguardias y amenazas para los productores arroceros, mientras otros sectores igualmente expuestos a la apertura comercial enfrentan una competencia que comienza a mostrar sus consecuencias. El pollo es uno de ellos.
La Asociación Dominicana de Avicultura (ADA) negocia con el Gobierno la suspensión de los permisos de importación de pollo estadounidense, ante una sobreoferta que ha deprimido los precios pagados a los productores nacionales.
Pavel Concepción, presidente de la ADA, advierte que en diciembre habrá una oferta de 25 millones de pollos, suficiente para abastecer el mercado. Sin embargo, esa abundancia coincide con importaciones estadounidenses favorecidas por precios internacionales considerablemente bajos.
Ahí es que considero que está la contradicción: hemos desarrollado capacidad para producir el pollo que consumimos, pero no necesariamente las condiciones para competir con el que llega del extranjero.
Y esa diferencia resulta fundamental. La autosuficiencia productiva no garantiza competitividad comercial. Producir suficiente deja de ser una ventaja cuando los costos internos impiden enfrentar los precios internacionales.
El DR-Cafta no apareció ayer. Sus compromisos fueron negociados hace más de dos décadas y contemplaban períodos de transición precisamente para que los sectores productivos pudieran prepararse. La eliminación de aranceles para determinados productos avícolas estadounidenses formaba parte de un calendario conocido.
Entonces, me preguntó qué hicimos durante esos años para reducir costos, modernizar instalaciones, fortalecer la cadena de frío, ampliar mercados y garantizar condiciones de competencia.
La pignoración de cuatro millones de libras de pollo, con otros cuatro millones previstos, ayuda a retirar excedentes y recuperar precios en granja. Pero constituye una respuesta temporal frente a un problema estructural.
Tampoco podemos ignorar al consumidor. Mientras el pollo se paga alrededor de 38 y 40 pesos por libra en granja, en los comercios puede alcanzar entre 72 y 82 pesos, aunque se trate de presentaciones diferentes. Esa distancia obliga a examinar también la intermediación y los costos de comercialización.
Proteger al productor no debería significar encarecer la alimentación de las familias, como tampoco abaratarla a costa de debilitar nuestra capacidad productiva.
El verdadero desafío consiste en conciliar ambos intereses mediante políticas de competitividad, financiamiento, tecnología y eficiencia que permitan aprovechar el comercio internacional sin sacrificar la producción nacional.
Porque un tratado comercial no sustituye una política agropecuaria. Y ningún permiso de importación, por sí solo, puede corregir años de insuficiente preparación.
Nos concentramos tanto en defender el arroz que olvidamos mirar el resto de la mesa dominicana.
El pollo acaba de recordarnos que los compromisos del DR-Cafta alcanzan mucho más que nuestros arrozales. Y que prepararse para competir siempre será más eficaz que intentar detener la competencia cuando ya llegó.

Rossanna Figueroa