¿Qué dejarles a los hijos?
La importancia de formar a los hijos para la autosuficiencia antes que dejarles fortunas
En mi práctica legal de algo más de treinta años ayudé a organizar empresas familiares, mediar en litigios sucesorios, conciliar conflictos societarios y planificar patrimonios. En el plano humano, la experiencia me confirmó una creencia que ya tiene talla de dogma: a los hijos no se les deja bienes; se les forma para valerse por sí mismos. La inversión es en ellos, no para ellos. Dejar una fortuna sin afirmar esa convicción de vida es hacerles daño. No escribo filosóficamente, lo he visto todo.
Los dramas familiares que desataron las sucesiones fueron para mí forzosos noviciados; ellos abrieron y cerraron una larga carrera como consejero legal. Nunca los gestioné rutinariamente; tampoco tuve esa capacidad. Algunos me produjeron conmociones emocionales, pero también grandes comprensiones. Y es que las ingenierías legales/patrimoniales no son soluciones acabadas; mitigan riesgos, secuencian procesos o controlan contingencias. Sin embargo, la naturaleza humana es oscura y cuando se habla de codicia no hay demora para avivar sus ventoleras.
Ninguna planificación sucesoria evita conflictos. Ordena las cosas para facilitar la transmisión patrimonial, pero son las ambiciones las que a la postre deciden si la experiencia será un trauma o un proceso llevadero. Por eso aprendí que cuando se abre una sucesión el mayor desafío no es legal, es humano, y precisa ser tratado como tal. Es ahí donde se separa la solución técnica de la conciliación profesional. Muchas veces ese acuerdo tan deseado llega cuando ya las relaciones están rotas, el patrimonio disminuido o la empresa en quiebra. En ocasiones escuché a herederos maldecir lo que recibían.
Los planificadores repetimos un dato manido: en Estados Unidos y en Europa, solo entre un 30 % y un 40 % de las empresas familiares sobreviven a la segunda generación y entre un 14 % y un 18 % a una tercera generación. Esas variables no se han cuantificado en nuestro país, pero por razones culturales deben estar muy por debajo de tales umbrales. Lo cierto es que en cualquier contexto el legado perdurable es intangible: el esfuerzo, el desapego, la honestidad y la resiliencia. Un carácter formado bajo esos valores estará siempre habilitado para acarrear la vida por arrojo propio sin esperar una sucesión. Preparar a los hijos para que puedan construir su proyecto existencial puede sonar poético, pero es la heredad más preciada. Hay que invertir mucho: tiempo, atención, cuidado, diligencia y sobre todo ejemplo.
Las sucesiones conflictivas ya venían viciadas antes de que nacieran: unos patrones familiares modelados por una mala autoridad, con alta estimación de las posesiones, el deseo y la ostentación. Los hijos reproducen lo que reciben; los padres cosechamos lo que sembramos. Dejarles una fortuna cuantiosa a los hijos sin ese constructo es como vaciar dos galones de agua en un vaso corto.
El patrimonio familiar es un activo al servicio del bien. La empresa familiar es una unidad económica no solo de bienes, servicios o renta, también de trabajo y de promoción del bienestar de otras familias. Cumple así una alta responsabilidad social.
Los hijos son una oportunidad de inversión en vida. A ellos se les da la mejor educación. Y no me refiero solo a la formal, aludo a la herencia educativa, ese legado conductual que se transmite de generación en generación dentro de la familia. Es que las primeras relaciones de apego marcan modelos seguros aun para gestionar conflictos en tiempos difíciles.
La educación familiar no se devalúa y abre oportunidades para fortalecer y preservar los planes de realización individuales y familiares. Por eso en culturas orientadas al mérito se prioriza la educación y la autosuficiencia sobre el dinero heredado. El enfoque se centra entonces en dotar a los hijos de herramientas para que creen su propia riqueza.
El concepto judaico de tzedaká concibe la riqueza material como un préstamo divino para hacer el bien. Muchos ricos prefieren dejar la mayor parte de su fortuna a obras de filantropía, hospitales o universidades, bajo la premisa de que sus hijos ya recibieron lo necesario para valerse por sí mismos.
Esa concepción felizmente se ha secularizado y hoy goza de una singular expansión. Emergen así movimientos como The Giving Pledge, que promueve una campaña filantrópica internacional e invita a personas y familias adineradas del mundo a donar la mayor parte de su fortuna a causas benéficas. Esta iniciativa fue lanzada en 2010 por Bill Gates, Melinda French Gates y Warren Buffett. Consiste en destinar al menos el 50 % del patrimonio neto a la filantropía, ya sea en vida o a través de su testamento. Cuenta con más de 250 firmantes de treinta países. Warrent Buffett declaró una vez: "Quiero dejarles a mis hijos lo suficiente para que sientan que pueden hacer cualquier cosa, pero no tanto como para que sientan que no tienen que hacer nada".
En lo personal, preparo a Sebastián en esa actitud de vida. Me he retirado para darle de mí. Ya él me dice que recibe como anticipada heredad ese compendio de momentos compartidos. Hablo, leo, oro, viajo y juego con él. Mientras yo viva, él será motivo, razón y fuerza de mis determinaciones. Me anima pensar en su futuro y lo levanto cada día con todo lo que tengo y puedo, convencido de que cuando falte no necesitaré otra memoria terrenal que mi presencia en sus grandes decisiones. Solo aspiro a ese recuerdo. Le dejo como herencia raíces y alas. La primera, para que nunca olvide de dónde viene; la segunda para que suelte vuelos de futuro en cielos abiertos. En esa travesía la fe y el temor de Dios le darán norte y viento.

José Luis Taveras