Santana, ¿dos caras opuestas?
De libertador a anexionista, el giro controversial de Pedro Santana
¡Qué difícil es juzgar a los hombres sin conocer a fondo los miedos, debilidades, aprehensiones, fortalezas y circunstancias que los rodean! O sentenciarlos sin tener en cuenta los valores y contradicciones que marcan su época.
El pasado martes, 18 de marzo, con motivo de cumplirse un aniversario más de la proclamación de la anexión a España en 1861, el patronato del Archivo General de la Nación invitó al prestigioso diplomático, historiador, y fino expositor, Reynaldo Espinal, a que ofreciera una charla sobre el tema de la anexión a España.
La tituló: La anexión a España, visiones encontradas de los historiadores. Y la desarrolló con maestría, sapiencia, delicadeza, sin herir sentimientos, sopesando los pro y los contra, al tiempo que profundizaba la escisión de su afilado bisturí para dejar entrever de qué lado caería su dado.
Pedro Santana fue la principal espada libertadora, héroe de las batallas más relevantes de la gesta de la Independencia contra los invasores haitianos. También fue, en período distinto, quien en 1861 negoció e impuso la anexión de la República Dominicana a España, que descolgó la bandera nacional de su enhiesto palo. Desterró a Duarte y ordenó fusilar a próceres de la patria.
El dilema existe.
Sin la espada de Santana la gesta de la Independencia tal vez hubiera sucumbido ante las embestidas de tropas haitianas que superaban muchas veces en número a las dominicanas, provistas de instrumentos de guerra más temibles y mejor abastecida.
Tenía, no hay dudas, don de mando, visión estratégica y táctica, sentido de oportunidad, valor espartano. Imponía disciplina y proyectaba magnetismo para que lo siguieran, obedecieran y aclamaran. Era un gigante en el arte de la guerra comparable a los próceres que lucharon por la independencia de los pueblos hermanos de Suramérica y Cuba. Adolecía de formación rigurosa y, en consecuencia, carecía de la visión política de un Bolívar o un Martí.
Reynaldo Espinal cita la visión contrapuesta de varios historiadores sobre Pedro Santana.
Llama la atención la referencia que hace de la conferencia pronunciada por Manuel Arturo Peña Batlle en el centenario de la Constitución, noviembre de 1944, en particular cuando dice: "Santana..., guerrero en función de político, no pudo dar un paso como el de la anexión sino por vía intuitiva, presionado por circunstancias vitales y sin sujeción a ningún principio abstracto preconcebido; el de la independencia absoluta no había adquirido todavía carácter definitivo en la realidad dominicana. No hay duda posible de que Santana hizo la anexión con gran repugnancia personal".
Es curioso. En carta dirigida por Pedro Henríquez Ureña a Federico García Godoy afirma que: "La primera independencia fue, sin duda alguna, la de Núñez de Cáceres (1821); no claramente concebida, tal vez, pero independencia al fin. La de 1844 fue consciente y definida en los fundadores, pero no para todo el pueblo, ni aun para cierto grupo dirigente... Y lo extraño, luego, es que ni ese mismo fracaso (anexión a España) bastara a desterrar toda idea de intervención extraña, y que todavía en el gobierno de Báez se pensara en los Estados Unidos".
Y concluye que "La revolución de 1873 (la unionista que derrocó a Buenaventura Báez) desterró definitivamente toda idea de anexión. La obra de ese movimiento anónimo, juvenil, fue fijar la conciencia de la nacionalidad... es el momento en que llega a su término el proceso de intelección de la idea nacional".
Ambos pensadores, Henríquez Ureña y Peña Batlle coinciden en que para la época de la anexión todavía no estaba fijada la conciencia de la nacionalidad dominicana. No es una justificación, pero sí un atenuante.
Ante la duda sobre quién era la verdadera madre de un niño, el sabio Salomón propuso partir la criatura en dos para repartir un pedazo a cada madre en disputa. La verdadera, horrorizada ante la certeza de que el niño podía morir tasajeado, prefirió renunciar a su empeño con tal de preservarle la vida.
En esencia, ese es el argumento utilizado por un grupo de historiadores para reivindicar a Santana. Otro grupo es menos benévolo con la figura del marqués de Las Carreras. Por ejemplo, José Gabriel García dice "Porque, una de dos, si la anexión fue obra de la virtud, la restauración fue un crimen..., pero, si por el contrario, la restauración fue obra de la virtud, la anexión fue entonces un crimen que debe ser execrado por el pueblo dominicano...".
En un término medio se situó Joaquín Balaguer Ricardo, quien lo execró y al mismo tiempo reivindicó al llevarlo al Panteón Nacional.
La polémica no morirá mientras haya halcones y palomas.
Pedro Santana era un gigante en el arte de la guerra comparable a los próceres que lucharon por la independencia de los pueblos hermanos de Suramérica y Cuba. Adolecía de formación rigurosa y, en consecuencia, carecía de la visión política de un Bolívar o un Martí.