De la interpretación: confesiones de un crítico insipiente (4 de 5)
Acaso el lector de estas anotaciones autobiográficas en las que me explano sobre mi desempeño en los dominios de la crítica desde que alboreando la década de los setenta, con más euforia que comedimiento, resolví cultivar tan polémico género literario, no encuentre fuera de propósito que ahora, prosiguiendo con el enfoque testimonial al que se han ceñido los apuntes amonedados sobre esta cuartilla, revele los nombres de algunos de los autores -todos de predicamento y celebridad harto justificados- a cuya perspicacia interpretativa he rendido parias y a cuyos escritos, de expresión acrisolada y medulosa, acudo de continuo a la husma de inspiración, porque los tengo, cada uno a su manera, por paradigmas del género exegético.
Por vía de ejemplo, no han dejado de fascinarme y espigo siempre con provecho en las páginas de incomparable agudeza y enfática esplendidez en las que Víctor Hugo escudriña los valores y el carácter de la obra de Shakespeare; es motivo de envidia su brillante elocuencia porque, reconozcámoslo, no es Víctor Hugo cualquier hijo de vecino, y cuando a la crítica se entrega, aun si discrepamos de lo que argumenta, mal haríamos en no prestar oído a sus razones.
Sería imperdonable inadvertencia no hospedar en el belvedere de mis críticos favoritos al portentoso José Martí, que en ese su estilo apasionado en el que relampaguean sin cesar intuiciones luminosas (retórica inimitable, de cuyo secreto sólo él pudo estar en autos) acuñó sentencias memorables acerca de la creación de innumerables artistas y literatos, como es el caso -vienen de súbito a mi mente- de Emerson, de Walt Whitman, de Olegario de Andrade y de Juan de Dios Peza… El talante exaltado y el pronunciado sesgo poético de la prosa martiana, nada habitual en los días que corren, cuando muchedumbre de acuciosos académicos pretenden desterrar hasta el menor asomo de subjetividad en la interpretación de los textos y otros bellos frutos del ingenio humano, no debe bajo ningún concepto inducirnos a subestimar la extraordinaria perspicuidad del apóstol cubano por lo que hace a la feliz apreciación de las bondades de la obra que ora por obligación periodística ora por mero deleite personal se propusiera comentar para fortuna de cuantos a lo hermoso, elevado y grande, engolosinados, se arriman.
Otro de los críticos que ocupa privilegiado solio en mi estima y admiración es el prodigioso lírico Charles Baudelaire, cuyos aleccionadores ensayos troquelados en prosa de impecable claridad (recordemos lo que escribiera sobre Edgar Allan Poe, Madame Bovary, de Flaubert, o sobre Theophile Gautier o sobre Richard Wagner para sólo mencionar cuatro de sus populosos análisis de arte) no tienen desperdicio y nos intiman a urgentes y suculentas relecturas.
Descuido incalificable sería no rescatar de la reverencial desatención en que se le tiene a José Enrique Rodó, el ilustre uruguayo a cuya clarividente péñola es preciso acreditar uno de los pocos clásicos de la literatura hispanoamericana de la primera mitad del pasado siglo, el ARIEL, que apenas fuera publicado y se distribuyera en los distintos países de nuestro continente de habla castellana produjo una duradera y muy saludable conmoción en el ambiente intelectual de la época; sacudimiento que hasta donde la medianía de mi ingenio me permite conjeturar debe ser abonado no solo al encarecimiento de las virtudes (reales o imaginarias) de nuestra vernácula estirpe, la censura a la nordomanía y demás admoniciones explayadas en sus páginas, sino también a la manera cómo fueron sus puntos de vista escanciados en una prosa de cuya elegancia, atildamiento y flexibilidad, por lo que alcanzan mis conocimientos, no existían precedentes en las letras de las naciones de tradición ibérica. En el terreno de la crítica Rodó destacó -lo tengo por hecho no sujeto a controversia- merced a la tersura de un lenguaje noble, exquisito -no tardaría en ser denominado "modernista"- que se extendía en amplias cláusulas en las que, perfectamente engarzados, refulgían sus atemperados juicios y sopesadas observaciones. Para dar fe del alto mérito de sus escolios, apuntaciones y reseñas -numerosísimos y enjundiosos- basta traer a la humilde tribuna de esta hoja de papel su ponderación encomiástica, aun cuando no ayuna de advertencias y reparos, de la poesía de Rubén Darío -en ese entonces en el pináculo de la notoriedad- o el magnífico estudio que sobre Juan Montalvo -el impetuoso polemista ecuatoriano- cincelara.
Distingo entre los críticos de mayor profundidad de pensamiento y diáfano discurso a Paul Valéry, cuya lucidez, acabada cultura humanista y "finesse" de muy francesa catadura se derramó en ensayos de interpretación como los titulados "Cánticos espirituales", "Stendhal", "Situación de Baudelaire", "Una visión de Descartes", etc., textos todos ellos recopilados en los dos volúmenes de "Variedad" que recogen sus elucidaciones literarias y filosóficas. Dificulto que en la actualidad haya autores capaces de hombrearse tanto por lo que concierne a la gracia transparente de la expresión como por lo que atañe a la contundencia y sutileza del razonamiento, a este magistral pensador y poeta.
Omitir en esta sumaria recopilación el nombre de nuestro más señero hombre de letras, Pedro Henríquez Ureña, constituiría intolerable negligencia. Cada uno de sus penetrantes abordajes críticos es lección de limpidez discursiva, hondura conceptual y caudalosa, pero para nada prepotente erudición. Afloran a mi espíritu sus impecables glosas al "Ariel" de Rodó, sus comentarios sobre José Joaquín Pérez, Rubén Darío, Alfonso Reyes, Lope de Vega, la "Celestina", y tantos y tantos más que son genuinos modelos de acometida analítica en los dominios de la literatura. En la fontana generosa de Don Pedro el que con sed de belleza y de verdades llegue tenga la seguridad de que podrá aplacarla…
Y va de suyo (forma no hay de desentenderse de su genialidad), Borges, no en la faceta de sorprendente narrador ni de lírico encumbrado sino como incisivo comentarista de casi intolerable discernimiento, me obsequió en sus reseñas sobre los más diversos autores de ayer y de hoy una lección de acuciosidad, discursiva soltura y liviana sapiencia (porque el saber no tiene que ser gravoso) que hizo que mi corazón latiera en más de una ocasión con más violencia que a las Caribantes… A mi memoria acuden en tropel los títulos de algunas de las aceradas páginas de crítica que a su cálamo sutil, desenfadado y pródigo es menester acreditar, cuales, por vía de ejemplo, aquellas que dedicara a Miguel de Unamuno o a la "María" de Jorge Issacs o lo que escribiera sobre los Huxley o los conceptos que le merecieran plumas como las de Carlyle, Hilario Ascasubi, Henry James, Herman Melville, y muchos más que no cometeré la impertinencia de arriar hasta el corral de esta estrujada hoja de libreta.
Los autores a que me he referido en los párrafos precedentes son algunos -tal vez los de mayor relieve pero no los únicos- cuya obra ha sido motivo de permanente inspiración por lo que toca a mi particular manera de concebir y ejercer la crítica… Si al escogerlos a guisa de modelos dignos de imitación me equivoqué no puedo dejar de pensar que, de ser así, me he estado equivocando en excelente compañía.
dmaybar@yahoo.com
Diario Libre
Diario Libre