USA, 50 años antes de su cuarto de milenio
El despertar de un imperio entre las luces de neón y el polvo del desierto

Mi primer encuentro con los Estados Unidos de medio siglo antes de su 250 aniversario no fue el continente, sino Hawái. El Estados Unidos tropical: playas volcánicas, cultivos de piña y caña de azúcar, una Honolulu tendida entre el Pacífico y la memoria. Y Pearl Harbor, como advertencia histórica más que como reliquia turística. Sus aguas quietas recordaban hasta qué punto puede resultar costosa la confianza excesiva, la idea de que la distancia protege por sí sola. En aquel puerto, Estados Unidos había aprendido que ningún océano basta cuando un intruso decide llamar a la puerta. Las grandes potencias no caen por lo que temen sino por lo que ignoran, y Pearl Harbor lo había grabado a fuego en la memoria nacional.
Venía de recorrer una Asia que parecía contener varios siglos al mismo tiempo. Había visto la pobreza extrema de la India, una miseria tan absoluta que desafiaba cualquier capacidad de asombro; el rigor, el orden y la sofisticación tecnológica del Japón; la vitalidad mercantil del Hong Kong aún británico; la serenidad de Sri Lanka y el formidable impulso industrial de Corea del Sur y Taiwán.
Pero ninguna visión me impresionó tanto como la de China. Desde Hong Kong podía verse, detrás de las alambradas de la frontera, un país que apenas comenzaba a despertar del largo letargo impuesto por Mao y de los estragos de la Revolución Cultural. A un lado prosperaba uno de los puertos más dinámicos del capitalismo; al otro permanecía una nación inmensa, hermética, disciplinada hasta el extremo, donde el futuro parecía aguardar pacientemente su hora. Nadie imaginaba entonces lo que ese futuro contendría.
Con ese equipaje de contrastes llegué a California. LAX era todavía un aeropuerto con escala humana, distante del monstruo que es hoy. Los Ángeles representaba otra forma de modernidad. No tenía la disciplina japonesa ni la densidad histórica de Asia. Era el triunfo de la amplitud, del automóvil, de la industria del entretenimiento y de una confianza casi ilimitada en el porvenir.
El impacto de la modernidad
A primera vista desconcertaba. Se diferenciaba del perfil compacto de Nueva York y de la solemnidad de Washington que ya conocía. Era una ciudad horizontal e interminable, donde los barrios parecían emancipados unos de otros y cada comunidad defendía su propia identidad. Hollywood, Beverly Hills, Santa Mónica, Pasadena, Long Beach, Burbank o Anaheim eran casi ciudades independientes enlazadas por una gigantesca telaraña de freeways por las que millones de automóviles fluían desde el amanecer hasta bien entrada la noche.
Allí las distancias no se medían en kilómetros, sino en minutos —o en horas— de tráfico. Casi nadie caminaba. Todo invitaba a conducir. Bajo el sol perpetuo convivían mansiones imposibles y barrios modestos, playas de postal y extensiones interminables de asfalto.
Hollywood Boulevard seguía siendo un santuario. El Paseo de la Fama reunía estrellas que para cualquier extranjero eran nombres casi mitológicos. Frente al Teatro Chino, turistas de todos los idiomas comparaban el tamaño de sus manos con las huellas de Clark Gable, Marilyn Monroe o John Wayne, mientras el inmenso letrero blanco sobre las colinas recordaba que aquella ciudad había aprendido a convertir un simple nombre en una marca universal.
No muy lejos, los estudios de Universal permitían recorrer los escenarios donde se fabricaban películas y series, y Disneyland seguía siendo el parque temático por excelencia. California entendía antes que nadie que el ocio podía exportarse con la misma eficacia que un automóvil o un avión.
Aquella América todavía olía a John Wayne y al polvo de los westerns, pero comenzaba a cambiar de piel. El país acababa de enamorarse de Rocky Balboa, un boxeador desconocido que representaba menos el triunfo del héroe invencible que la dignidad de quien se niega a rendirse. Rocky había estrenado a fines de 1976 y en marzo de 1977 acababa de conquistar el Óscar a Mejor Película. Era el momento exacto en que el viejo Hollywood cedía el testigo a una generación distinta, y yo había llegado justo cuando una época entregaba el protagonismo a la siguiente sin que nadie lo anunciara.
De ahí seguí a Las Vegas, en autobús, partiendo de Los Ángeles cuando el sol comenzaba a ponerse pero aún alumbraba las arenas del desierto. Durante horas, el Mojave desfiló en tonos ocre y malva por las ventanillas, una vastedad calma y severa que parecía negar cualquier posibilidad de ciudad. El silencio del desierto tiene una cualidad particular al atardecer: no es ausencia de ruido sino presencia de algo anterior al ruido, algo que existía antes de que los hombres llegaran a nombrarlo.
Entonces, antes de verla, se intuía: un resplandor bajo en el horizonte, como una brasa en el suelo del desierto. Luego apareció entera, de golpe, encendida contra el ocaso, un océano de luces parpadeantes derramado sobre la llanura, absurdo y magnífico a la vez. Un espejismo hecho neón. La estampa de otro mundo.
Las Vegas de la ilusión inagotable
Era todavía Las Vegas de la mafia en retirada, del Rat Pack como memoria reciente, de hoteles que parecían grandes sin ser los faraónicos monstruos temáticos que vendría a construir Steve Wynn en los ochenta y noventa. El Caesars Palace, el MGM Grand original, el Sands todavía en pie. Una ciudad que no pretendía ser familiar ni sofisticada. Era abiertamente, descaradamente, lo que era.
Tocqueville habría encontrado Las Vegas fascinante, la inquietud hecha ciudad, la búsqueda de felicidad convertida en arquitectura, el pragmatismo americano en su forma más pura y más absurda.
La igualdad democrática produce la ilusión de que cualquiera puede ganar porque nadie nace perdedor. El casino es esa ilusión destilada y vendida a cinco centavos la ficha. La casa siempre gana, pero la democracia promete que esta vez quizás no.
Hunter Thompson lo había entendido mejor que nadie en Fear and Loathing, apenas seis años antes: Las Vegas como autopsia del sueño americano, todo el optimismo y toda la inquietud que Tocqueville describió, llevados hasta su conclusión lógica y grotesca bajo las luces de neón. Aferrado a mis pocos dólares, la vi sin jugar, a la distancia crítica perfecta: la del observador que entiende el espectáculo precisamente porque no participa en él.
La banda sonora de aquel Estados Unidos aún en efervescencia del bicentenario era dual y contradictoria, como el país mismo. Nobody Does It Better sonaba en la radio con su romanticismo orquestal y la perfección inalcanzable del héroe, el James Bond de El espía que me amó.
Fifty Ways to Leave Your Lover de Paul Simon —con el prodigioso ritmo de batería de Steve Gadd y su wit neoyorquino, irónico y desencantado— era el contrapunto perfecto a la grandilocuencia del aniversario de la independencia recién celebrado. Las ondas hertzianas eran, en esa época, un documento sociológico en sí mismas. Sin algoritmos, sin playlists personalizadas, sin burbujas. Todo el mundo escuchaba lo mismo simultáneamente.
Era quizás la última tecnología verdaderamente comunitaria que ha tenido esa cultura. Tocqueville habría visto en la radio el antídoto perfecto al individualismo atomizador que tanto le preocupaba. Una voz común para una sociedad de individuos. Ya no existe nada equivalente.
La escala comercial del patriotismo
En todas partes, las inmensas esferas naranjas de las estaciones Union 76 recordaban el bicentenario. El nombre tenía un doble significado que los americanos cultivaban con orgullo: era referencia patriótica a 1776, el año de la Declaración de Independencia, y coincidía con el octanaje de la gasolina que la empresa había lanzado en 1932.
Durante aquellos años, la cadena explotó esa asociación con el eslogan Go With the Spirit... the Spirit of '76, convirtiéndose en símbolo casi no oficial de la celebración nacional. Para un mulato caribeño como yo, hasta llenar el tanque parecía formar parte de la fiesta. Era ese tipo de síntesis que América dominaba como ningún otro país. Convertir lo cotidiano en liturgia; la gasolinera en monumento; el eslogan en identidad colectiva.
Ese era el país que encontré: uno que terminaba de celebrar sus doscientos años con una mezcla única de convicción y nostalgia; que comenzaba a despedirse de sus viejos héroes sin saber todavía quiénes serían los nuevos; que exportaba sueños a una escala que ninguna otra nación había logrado y que contenía, dentro de sus fronteras, tantas contradicciones como el mundo entero. La memoria quieta de Pearl Harbor y el delirio encendido de Las Vegas. Los Ángeles, el Mojave, John Wayne, Rocky Balboa: todo cabía, sin pedir permiso, en el mismo país.
Para quien llegaba desde el Caribe o desde Europa, Estados Unidos parecía más un estado de ánimo que un país: la promesa de una frontera siempre desplazándose unos kilómetros más allá. A cincuenta años de aquel viaje, y cincuenta antes del tercer centenario, me pregunto cuánto de aquello sobrevive y cuánto se ha perdido en la velocidad. Pero eso es otra historia. O quizás la misma, contada desde el otro extremo del tiempo.

Aníbal de Castro