Notas sobre la Doctrina Monroe II
De la defensa latinoamericana al expansionismo estadounidense
En vista de que la hegemonía europea en el hemisferio occidental preocupaba a los Estados Unidos, se interpretó que la doctrina Monroe, enunciada el 2 de diciembre de 1823, se constituía en el pilar fundamental de la política exterior de la joven nación en relación con la influencia de Inglaterra, Francia y España en las Américas.
Expertos y analistas consideraron que el mensaje de Monroe también esbozó una estrategia de defensa nacional e internacional a través de la cual los Estados Unidos propugnaban la libre existencia de las repúblicas latinoamericanas. No obstante, pocos comprendieron que, además de aislar a Europa de hispanoamérica, la doctrina preparaba el terreno para que los Estados Unidos asumieran un papel hegemónico en ambos continentes poco después inspirados en otra modalidad doctrinal conocida como "El destino manifiesto" (1840).
¿Quién fue el autor de la Doctrina Monroe y cuál su objetivo? Ensayemos un poco de historia con el fin de ofrecer una respuesta para ambas interrogantes.
Después de la derrota de Napoleón Bonaparte en 1815, Inglaterra, Rusia, Prusia y Austria conformaron una Cuádruple Alianza con el objeto de preservar el Acuerdo oficializado en el Congreso de Viena. En ese mismo año, el Zar de Rusia creó la Santa Alianza, excluyendo al Papa, al sultán de Turquía y al Monarca inglés; y aún cuando esta última unión fue la oficial, algunos historiadores aluden a ella alternando los nombres de Cuádruple Alianza y Santa Alianza.
Los países de la Santa Alianza anhelaban evitar que Francia de nuevo quedase anegada por una ola revolucionaria incontenible, que evidentemente habría alterado la paz en Europa. El propósito fue pronto materializado y Francia, bajo los Borbones, fue admitida a la Cuádruple Alianza que -en consecuencia- devino Quíntuple. Pero, si bien la revolución pudo evitarse en Francia, en el resto de Europa no fue posible contenerla.
Grecia, Portugal, Italia y España fueron estremecidas por violentas conmociones sociales y la Santa Alianza se vio precisada a sofocarlas. Metternich, en Austria, envió una expedición militar a Italia; mientras que Napoleón invadió y ocupó España.
La crítica coyuntura política, social y económica de esta última estimuló a las élites criollas latinoamericanas a rebelarse contra la Madre Patria hasta el punto que, en los albores del siglo XIX, las antiguas colonias hispánicas iniciaron movimientos secesionistas a fin de proclamar estados-naciones independientes. El objetivo no fue muy difícil de cristalizar en virtud de que España no estaba en condiciones de desatender sus problemas internos para sofocar revoluciones en ultramar.
En cambio, otras potencias europeas -como Francia, Inglaterra y Portugal-, se mantuvieron alertas y, si bien apoyaron los movimientos insurgentes hispanoamericanos, lo hicieron con el no disimulado propósito de preservar su presencia hegemónica en la región, una vez desechado el obstáculo ibérico.
Los Estados Unidos, por su parte, que se percataron de todo cuanto acontecía, conscientes de que la primacía europea en América constituía una seria amenaza para su crecimiento, desarrollo y expansión, decidieron poner en práctica su nueva estrategia. Los padres fundadores de la nueva nación eran conscientes de que muy poco podrían lograr, si no crecían más allá de las antiguas trece colonias inglesas.
Y como nacieron "dotados de una poderosa fuerza expansiva" -al decir del historiador cubano Ramiro Guerra y Sánchez-, trazaron un formidable programa de expansión territorial y de conquistas comenzando con el Caribe, pues para preservar La Luisiana y La Florida era menester conquistar Cuba.

Juan Daniel Balcácer