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Mi papá y sus gemelos

Mi padre se estaba desprendiendo de sus mejores gemelos para regalármelos

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Mi papá y sus gemelos
Mi padre, César Medina, llegó lejos en el periodismo y en la diplomacia, venciendo obstáculos que parecían insuperables. (ARCHIVO/DIARIO LIBRE)

Corría noviembre del año 2002 y mi padre atravesaba uno de los mejores momentos de su carrera periodística. Hoy Mismo era prácticamente un televisor encendido en cada hogar en las mañanas y marcaba pautas en la opinión pública nacional. Había retomado su columna Fuera de Cámara en el Listín Diario, con altos niveles de lectoría, y no hacía mucho que había lanzado el programa radial El Poder de la Tarde, pionero en la transmisión simultánea por televisión.

El 16 de ese mes se celebraba la boda de mi amiga de infancia María Alejandra Guerra con su eterno novio y hoy abnegado esposo, Anton. Yo sería testigo de la ceremonia. Antes de dirigirme a la iglesia pasé por la casa de mi padre en busca de un accesorio imprescindible: unos gemelos. Los que tenía no estaban a la altura de la ocasión.

Recuerdo cómo inspeccionó mi vestuario con mirada crítica y rigurosa. Revisó el traje, la corbata, los zapatos, el reloj... y finalmente abrió una gaveta de su closet. De allí sacó unos gemelos hermosos de oro blanco y amarillo. No tengo dudas de que eran los mejores que poseía.

Mientras me ayudaba a colocármelos, le prometí que los cuidaría con mi viday que al día siguiente se los devolvería intactos. Entonces, con naturalidad, me dijo:

—Son tuyos... a ti es que te quedan bien.

Me quedé sin palabras un instante. Mi padre se estaba desprendiendo de sus mejores gemelos para regalármelos. Le dije que no era necesario, que prefería que se los quedara, pero insistió. Eran míos.

Hoy entiendo que aquel gesto fue su manera de decirme que me amaba y que estaba orgulloso de mí. No era un hombre dado a grandes demostraciones afectivas; su generación no lo es. Tenía entonces 54 años y había vivido procesos históricos que marcaron su carácter: el fin de la dictadura, la guerra civil, la intervención norteamericana, los años duros del balaguerismo, los presos políticos. Experiencias que moldearon a una generación entera.

Su temperamento —recio, fuerte, a veces incomprendido— se forjó desde su nacimiento en San Cristóbal en el seno de una familia muy humilde; en su paso brillante por el Politécnico Loyola; en la imposibilidad de continuar estudios universitarios por falta de recursos; y en su lucha por abrirse espacio en los hostiles medios de comunicación de muestro país, primero en la prensa escrita, luego la radio y posteriormente la televisión hasta alcanzar posiciones de liderazgo y respeto.

Pero detrás de ese carácter fuerte había un hombre generoso. Quienes lo conocimos bien sabíamos que su voz dura muchas veces protegía un corazón noble. Era desprendido, solidario, profundamente humano. Un ser humano excepcional.

En este Día del Padre vuelvo a pensar en aquellos gemelos que aún conservo. No solo fueron una prenda elegante para una boda; fueron una herencia simbólica. Representaban confianza, orgullo y amor.

Mi padre, César Medina, llegó lejos en el periodismo y en la diplomacia, venciendo obstáculos que parecían insuperables. Y para lograrlo necesitó otros "gemelos": carácter y disciplina, firmeza y coraje, valentía y compromiso.

Los gemelos de oro blanco y amarillo están guardados en mi gaveta para ocasiones especiales. Pero los otros, los que realmente importan —carácter, dignidad y valentía— intento llevarlos puestos cada día. Ese fue, al final, su mayor regalo.


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