La diplomacia que no sale en titulares
Costa Rica salva vidas donde las farmacéuticas no miran

El 31 de enero de 2026, a Ifunanya Nwangene la despertó el dolor. Una cobra la había mordido mientras dormía en su apartamento en Abuja, capital de Nigeria. Tenía 26 años, una voz extraordinaria, y un primer concierto en solitario planeado para más adelante en el año. Fue a la clínica más cercana. No había antídoto. La trasladaron a un hospital. Murió.
No murió por ignorancia. No murió porque no existiera tratamiento. Murió porque el antídoto contra la mordedura de serpiente no es un negocio rentable.
Las grandes farmacéuticas lo saben. En 2010, un laboratorio decidió descontinuar Fav-Afrique, uno de los antídotos más eficaces para el África subsahariana. La compañía explicó después que la línea había dejado de ser comercialmente viable frente a productos de menor costo. El último lote salió de fábrica en enero de 2014; las existencias mundiales se agotaron en 2016, sin que ningún sustituto equivalente ocupara su lugar a tiempo. Los pobres de África, Asia y América Latina —los más expuestos, los que trabajan la tierra descalzos, los que de noche usan letrinas improvisadas— no tienen poder adquisitivo suficiente para justificar la inversión.
Más de cien mil personas, según la Organización Mundial de la Salud, mueren cada año por mordeduras de serpiente. La mayoría en África, Asia y América Latina. Casi todas, evitables.
En Coronado, San José, existe desde 1970 un instituto universitario que decidió que ese problema era también su problema.
El Instituto Clodomiro Picado de la Universidad de Costa Rica lleva más de medio siglo produciendo suero antiofídico. Pero la historia comienza antes. A principios del siglo XX, un científico costarricense llamado Clodomiro Picado Twight vio cómo morían trabajadores agrícolas mordidos por serpientes y decidió que eso no podía seguir ocurriendo. Investigó el veneno, creó el primer banco de sueros del país, impulsó una ley que obligaba a los hacendados a tratar a sus trabajadores. Lo que construyó no fue solo un laboratorio: fue una forma de entender para qué sirve la ciencia.
Picado murió en 1944. En 2024, su nombre salva vidas en Esuatini.
Hoy el Instituto envía más de 120 mil viales al año a países de Centroamérica, África y Asia. A Nigeria. A Burkina Faso. A Mali. A Esuatini. Médicos Sin Fronteras los ha llevado a zonas donde ningún mercado llega. Un país de cincuenta y un mil kilómetros cuadrados, cinco millones de habitantes y ningún ejército, se ha hecho un lugar en el mundo desde la ciencia.
Pero producir el antídoto no era suficiente. Había que convencer al mundo de que el problema existía.
En 2016, Costa Rica y Colombia iniciaron un proceso silencioso en los pasillos de la Organización Mundial de la Salud. Reunieron expertos, organizaciones, países. Construyeron alianzas entre naciones que rara vez aparecen juntas en una misma mesa: África, Asia, América Latina. En 2017 lograron que la OMS declarara el envenenamiento por mordedura de serpiente como enfermedad tropical desatendida de alta prioridad. En 2018, la Asamblea Mundial de la Salud aprobó por consenso una resolución respaldada por treinta y un países para iniciar acciones globales.
No fue una cumbre de grandes potencias ni hubo titulares: fue la diplomacia de los que entienden que algunos problemas solo se resuelven juntos.
Mientras esto ocurría, el mundo hablaba de otro tipo de política. De aranceles y muros. De bloques enfrentados y alianzas rotas. De cada nación para sí misma.
Nadie cubría las reuniones en Ginebra donde un país sin ejército convencía a treinta y uno de actuar juntos frente a una epidemia olvidada. Nadie titulaba lo que ocurrió en 2024: por primera vez en su historia, Esuatini —un pequeño reino en el sur de África— registró cero muertes por mordedura de serpiente. Gracias a un suero fabricado en una universidad costarricense.
Las grandes noticias del multilateralismo no siempre llegan con fanfarria. A veces llegan en un vial de antídoto.
¿Quién decide qué vidas importan?
Generalmente lo decide el mercado. La rentabilidad. El poder adquisitivo de quien muere.
A veces lo decide un grupo de científicos en San José que lleva décadas convencido de que el sufrimiento ajeno también es suyo. A veces lo deciden treinta y un países que se sientan juntos alrededor de un problema que no es de ninguno y es de todos. A veces lo decide la convicción, antigua y obstinada, de que nada humano nos es ajeno.
El antídoto contra la cobra se fabrica en una universidad de Costa Rica. El 31 de enero de 2026, en una clínica de Abuja, no había.

Paola Torres
Paola Torres