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El territorio que aprendió a producir futuro

Caña, energía, ciencia y dignidad humana en la nueva arquitectura económica dominicana

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El territorio que aprendió a producir futuro
La industria azucarera en la República Dominicana ha pasado de ser un modelo extractivo tradicional y rudimentario a convertirse en un ecosistema de economía circular. (FUENTE EXTERNA)

Hay recorridos que obligan a revisar la manera en que un país interpreta su propia historia económica. La visita a San Pedro de Macorís fue uno de esos casos.

Allí, donde durante décadas el imaginario dominicano colocó la caña entre la memoria productiva, la nostalgia de los ingenios y las tensiones sociales de un modelo históricamente complejo, aparece hoy una realidad distinta: una arquitectura agroindustrial donde tierra, energía, biomasa, mecanización, laboratorios, sostenibilidad y capital humano comienzan a integrarse dentro de una misma lógica de productividad.

Y quizás esa sea una de las conversaciones más importantes que la República Dominicana necesita sostener con seriedad: no cómo abandonar sus sectores históricos, sino cómo transformarlos en plataformas modernas de valor agregado, innovación y bien común.

El artículo 8 de la Constitución recuerda que la función esencial del Estado es la protección efectiva de los derechos de la persona y el respeto de su dignidad; pero esa dignidad, para hacerse vida concreta, necesita también economía real, empleo formal, productividad, territorio organizado y empresas capaces de generar valor sostenible.

Durante buena parte del siglo XX, el azúcar fue una de las columnas vertebrales de la economía nacional. Los ingenios no eran solamente centros de producción; eran organizadores territoriales, laborales y sociales.

Sin embargo, el paso del tiempo fue revelando las debilidades de un modelo que creció en escala sin desarrollar suficientemente productividad: baja mecanización, rezago tecnológico, pérdidas operativas y limitada diversificación industrial. De aquella estructura extensa apenas queda hoy un sistema reducido: tres grandes operaciones privadas y un ingenio estatal residual.

Según el informe final de la zafra 2024-2025 de INAZÚCAR, Central Romana produjo 278,042 toneladas métricas de azúcar; Cristóbal Colón, 152,837; Barahona, 89,026; y Porvenir, apenas 926. El mismo informe registra rendimientos fabriles de 9.47 % para Central Romana, 9.48 % para Cristóbal Colón, 11.46 % para Barahona y 0.94 % para Porvenir.

Pero esos datos no deben leerse únicamente como comparación entre ingenios. La verdadera diferencia está en otra parte: la productividad no depende solamente de poseer tierra o infraestructura; depende de cómo esos activos son organizados, modernizados e integrados dentro de un sistema.

Ese es precisamente el elemento más interesante de lo observado alrededor del Consorcio Azucarero de Empresas Industriales (CAEI), en cuya evolución histórica se integra el antiguo Ingenio Cristóbal Colón, junto a San Pedro Bio Energy y toda la estructura complementaria que articula biomasa, laboratorios, energía, mecanización y sostenibilidad ambiental.

Lo relevante ya no es solamente la producción de azúcar. Lo verdaderamente importante es la construcción de un ecosistema productivo. La caña, en este modelo, ya no termina en azúcar. El bagazo alimenta generación energética; la biomasa forestal se convierte en combustible renovable; la cachaza y la ceniza retornan al campo mediante compostaje; la melaza se integra a otras cadenas industriales; la vinaza se reutiliza como fertilización líquida; y los laboratorios trabajan genética vegetal, microbiología, control biológico y productividad agrícola.

La innovación decisiva no está en una máquina aislada. Está en la integración del sistema.

San Pedro Bio Energy representa uno de los símbolos más claros de ese cambio. La Comisión Nacional de Energía registra el proyecto San Pedro Bio-energy, de fuente biomasa, con una capacidad de 35 MW en San Pedro de Macorís. Ahí la agroindustria deja de ser únicamente productora de azúcar y se convierte también en generadora de energía.

La dirección de biomasa completa esa lógica. Según información institucional de CAEI, las fincas energéticas forestales abarcan unas 4,000 hectáreas distribuidas entre Los Llanos, Bayaguana y San Antonio de Guerra. Reportes públicos vinculados a ese proceso han señalado, además, la siembra de alrededor de 30 millones de árboles de leucaena, acacia y eucalipto en los últimos años.

La reforestación, por tanto, deja de ser únicamente un componente ambiental y pasa a formar parte de un circuito económico integrado: árboles que producen biomasa; biomasa que produce energía; energía que sostiene industria; e industria cuyos subproductos retornan nuevamente al territorio.

La dimensión ambiental también tiene indicadores relevantes. CAEI informa que sus bosques capturan 58,000 toneladas de CO2 al año. Más allá del valor reputacional del dato, lo importante es la lógica detrás de él: carbono, suelo, energía y productividad comienzan a formar parte de una misma ecuación económica.

En ese punto, la economía circular deja de ser discurso y se convierte en operación concreta. La melaza vinculada a la producción de ron y el retorno de subproductos como fertilización muestran cómo una economía madura aprovecha mejor sus recursos y desperdicia menos.

En la relación productiva con industrias como Brugal aparece una de las formas más inteligentes de innovación dominicana: dos sectores históricos —azúcar y ron— conectados no solamente por tradición cultural, sino por aprovechamiento industrial, fertilización circular y reducción de desperdicios.

Lo que en un modelo lineal podía considerarse residuo, en una arquitectura integrada se convierte en insumo. Y esa diferencia resulta decisiva, porque las economías modernas no son solamente aquellas que producen más, sino aquellas que aprenden a desperdiciar menos.

También resulta fundamental la estructura escalonada del modelo. El consorcio funciona como sistema de gran escala: organiza tierra, industria, biomasa, energía, logística y planificación estratégica. Los contratistas operan como estructuras de escala media, especializadas en mecanización, transporte, mantenimiento y soporte técnico.

Y alrededor de ambos aparece una red más pequeña de proveedores, operadores independientes y servicios complementarios que distribuye actividad económica y circulación de ingresos en distintos niveles del territorio. Esa combinación entre gran empresa, escala media y pequeña escala complementaria es precisamente lo que diferencia una economía organizada de una simple concentración productiva.

La mecanización merece una reflexión especial. En la República Dominicana, hablar de caña implica también hablar de migración, informalidad y vulnerabilidad laboral acumulada durante décadas. Por eso la mecanización no puede analizarse únicamente como decisión de eficiencia.

También es una respuesta institucional orientada a mayor trazabilidad, formalización y cumplimiento normativo. Cuando el corte mecanizado alcanza niveles cercanos al 80 u 85 por ciento, según las explicaciones técnicas recibidas durante el recorrido, no solo cambia el costo de producción; cambia también la estructura del empleo, el control operativo y el tipo de capacidades que demanda el territorio.

La automatización no necesariamente elimina personas; transforma el tipo de trabajo. Operadores técnicos, laboratoristas, supervisores agrícolas, personal de control, analistas y mujeres incorporadas a procesos especializados comienzan a sustituir parte del trabajo históricamente más vulnerable.

Ese componente humano es decisivo. Las historias escuchadas durante el recorrido revelan una cultura organizacional basada en formación, movilidad interna y transferencia de capacidades. Personas que comenzaron en funciones básicas hoy explican indicadores, presupuestos, laboratorios, productividad y operaciones técnicas con precisión gerencial.

Ahí la empresa deja de ser únicamente empleadora y se convierte también en escuela práctica de capital humano. La incorporación de promociones de operarias mujeres tiene igualmente un peso simbólico importante.

En un sector históricamente masculinizado, ver mujeres integradas a procesos técnicos y especializados no es solamente una señal reputacional; es evidencia de transformación cultural del trabajo. La productividad del siglo XXI no puede depender de los viejos límites simbólicos que excluían a la mujer de determinadas áreas productivas.

Cuando una mujer opera tecnología en el campo o participa en procesos industriales complejos, no solo cambia una nómina; cambia la imagen cultural de lo que el territorio puede ser.

Los laboratorios completan esa idea de futuro. La caña deja de ser únicamente cultivo y se convierte en objeto de investigación, diagnóstico y adaptación tecnológica. Genética vegetal, microbiología, control biológico y agricultura de precisión comienzan a desplazar la vieja imagen del campo dominicano como espacio exclusivamente manual y de baja sofisticación.

Allí el laboratorio deja de ser una dependencia técnica y se convierte en una metáfora de país: la modernización no consiste en abandonar el campo, sino en llevar ciencia al territorio. Cuando una industria histórica incorpora ciencia aplicada al territorio, el campo deja de ser únicamente geografía económica y comienza a convertirse en infraestructura de futuro.

También los indicadores industriales ayudan a comprender la magnitud de la transformación. La reducción de tiempos perdidos pasó de aproximadamente 37 % en 2010 a 4.2 % en 2025, mientras que en áreas específicas de fábrica los registros ya se sitúan por debajo del 2 %, según los datos presentados durante la visita técnica.

Más allá del número en sí mismo, lo relevante es la cultura organizacional que refleja: en organizaciones de alto desempeño, cada hora improductiva se mide, se explica y se corrige. Esa es una lección que desborda la fábrica y alcanza al Estado, a los municipios, a los servicios públicos y a toda organización que aspire a producir confianza.

Como advertía Peter Drucker, no se puede mejorar lo que no se mide; y en ese principio aparentemente simple descansa buena parte de la diferencia entre administrar rutina y construir resultados.

La pregunta de fondo, sin embargo, trasciende la industria azucarera. Lo verdaderamente importante de este caso no es únicamente lo que ocurrió con la caña. Lo relevante es la demostración de que la República Dominicana sí puede construir sistemas complejos donde energía, industria, ciencia, sostenibilidad, capital humano y territorio logren integrarse alrededor de una visión compartida de largo plazo.

Si la caña pudo transformarse en energía, biomasa, laboratorios, economía circular y sofisticación productiva, otros sectores dominicanos también podrían recorrer caminos similares.

El cacao, el arroz, la gestión del agua, los residuos sólidos, la logística, los puertos y hasta el turismo necesitan menos fragmentación y más integración sistémica. Ese es, probablemente, uno de los grandes desafíos del desarrollo dominicano: dejar de pensar sectores aislados y comenzar a construir arquitecturas productivas completas.

La República Dominicana no perdió únicamente ingenios; perdió durante décadas capacidad de transformar tradición productiva en modernización sostenida. Por eso el debate nacional no debe quedarse en cuántos ingenios desaparecieron, sino en cuáles estructuras lograron evolucionar.

Y el caso de San Pedro de Macorís demuestra algo fundamental: evolucionan aquellos sistemas que logran medir, innovar, mecanizar, integrar energía, formar personas, incorporar ciencia y pensar más allá de la rentabilidad inmediata. Este artículo no pretende idealizar una industria ni desconocer las complejidades históricas del sector cañero.

La historia de la caña dominicana tiene luces y sombras, productividad y conflicto, riqueza y dolor, organización territorial y vulnerabilidad humana. Precisamente por eso resulta tan importante estudiar los modelos que intentan superar esas contradicciones mediante tecnología, formalización, sostenibilidad y movilidad social. El futuro no se construye negando las heridas de la historia; se construye aprendiendo de ellas para diseñar sistemas mejores.

La verdadera modernización dominicana no consistirá en negar nuestra historia económica, sino en hacer con ella algo mejor: convertir materia prima en conocimiento, residuos en energía y territorio en productividad organizada.

Allí donde antes la caña podía parecer solo memoria de un país que fue, hoy aparece como señal de un país que todavía puede ser, si aprende a ordenar sus recursos con inteligencia, disciplina y sentido de futuro. Porque crecer puede significar simplemente aumentar cifras. Pero desarrollarse exige construir sistemas capaces de sostener valor, respetar reglas, formar personas y producir confianza.

Allí donde durante décadas el humo de los ingenios parecía anunciar el agotamiento de una época, hoy comienzan a levantarse señales distintas: energía limpia, ciencia aplicada, mecanización, capital humano y territorio organizado alrededor de productividad. Y quizás esa sea una de las imágenes más poderosas del desarrollo: un país que deja de mirar sus sectores históricos como ruinas del pasado y aprende, finalmente, a convertirlos en plataformas de futuro.

Y quizás ahí esté la lección más importante de todas: los países no se transforman únicamente cuando descubren nuevos recursos. Se transforman cuando aprenden a organizar inteligentemente los recursos que ya poseen. El futuro, al final, no se hereda de los sectores que sobreviven; se construye con los sectores que aprenden a transformarse.

TEMAS -

Defensor del Pueblo de la República Dominicana.