La soberanía como chicle
Cuando la retórica pierde el flujo eléctrico de la soberanía
La soberanía se ha vuelto un chicle diplomático: se estira cuando conviene y se recoge cuando aprietan el cuello. Se pronuncia con voz de himno y pecho inflado, pero termina negociándose como mercancía de frontera. No la define la retórica sino la fuerza, que, por desgracia para los románticos del derecho internacional, jamás pide permiso.
Estados Unidos entró a Venezuela, sacó a Maduro y a Cilia Flores y dejó a Delcy Rodríguez administrando los escombros y el silencio. Caracas gritó "imperialismo", aunque sin pulmones para sostener la indignación más allá del libreto. En la ONU hubo más carraspeos burocráticos que escándalo. Después comenzaron a aparecer los cadáveres incómodos de cubanos uniformados de guardaespaldas, soldados sin bandera, custodios extranjeros de una soberanía alquilada.
Cuba sigue abrazada a una dignidad eléctrica que se apaga cada cuatro horas. La revolución terminó convertida en una cola infinita bajo un apagón perpetuo. La soberanía ya no se debate en plazas heroicas sino entre basura acumulada, cocinas vacías y hospitales a oscuras. El antiimperialismo pierde arrojo cuando no hay corriente para encender los micrófonos. Si mañana despegan otra vez aviones norteamericanos desde San Isidro, nadie finja sorpresa.
México entendió hace tiempo la pedagogía del poder. Se condena a Washington en el discurso y se obedece en la frontera. Trump exige muro y México contiene migrantes. Trump exige capos y aparece El Mencho. Amenaza con aranceles y los camiones siguen cruzando hacia el mercado más apetitoso donde hasta los tacos, las fajitas y el tequila hablan inglés.
La soberanía no pasa de ficción útil para maquillar relaciones de fuerza. Cada país la declama según el tamaño de su miedo. Soberano, al final, es apenas quien todavía puede darse el lujo de fingir que lo es.

Aníbal de Castro