A.M. - Valor de las ciudades
Un experto en catastro que nos visitó para un seminario universitario, planteó una serie de interrogantes sobre nuestras ciudades que vale la pena comentar.
¿Cuánto vale catastralmente, la ciudad de Santo Domingo? ¿Cuánto valen sus solares, edificados y baldíos? ¿Cuánto valdrían sus zonas de expansión?, que dicho sea de paso nadie se ha ocupado de indicar, medir, preparar y desarrollar.
Cuando se vuela a la ciudad de Miami, por ejemplo, al descender sobre la ciudad se ven los lotes, perfectamente demarcados, de las futuras áreas de expansión. A un desarrollador le basta con acudir a la alcaldía de la ciudad y asegurarse los planos de la zona y el destino de ese desarrollo para poder iniciar un proyecto.
Aquí no. Aquí crecemos como la verdolaga, al albur de algún visionario, o a la pujanza de tres o cuatro invasores de terrenos, usualmente enchinchados por militares y policías, para que nazcan barrios que inmediatamente producen cañadas para los desperdicios y que crecen en completo desorden, sin calles ni áreas verdes, con casas al frente y varias "parte atrás", que fomentan la impunidad de la delincuencia juvenil.
Quizá cuando logremos captar el valor de esta ciudad, y el argumento vale para las comunidades del interior del país, nuestras autoridades se darán cuenta de que cada ciudad es un tesoro que vale la pena proteger y desarrollar de manera ordenada, precisamente para garantizar ese valor asociado a la mejoría de los servicios para todos.
Así, nuestros síndicos se ocuparán más de esa labor y menos del ornato sin sentido y sin estilo.
atejada@diariolibre.com
¿Cuánto vale catastralmente, la ciudad de Santo Domingo? ¿Cuánto valen sus solares, edificados y baldíos? ¿Cuánto valdrían sus zonas de expansión?, que dicho sea de paso nadie se ha ocupado de indicar, medir, preparar y desarrollar.
Cuando se vuela a la ciudad de Miami, por ejemplo, al descender sobre la ciudad se ven los lotes, perfectamente demarcados, de las futuras áreas de expansión. A un desarrollador le basta con acudir a la alcaldía de la ciudad y asegurarse los planos de la zona y el destino de ese desarrollo para poder iniciar un proyecto.
Aquí no. Aquí crecemos como la verdolaga, al albur de algún visionario, o a la pujanza de tres o cuatro invasores de terrenos, usualmente enchinchados por militares y policías, para que nazcan barrios que inmediatamente producen cañadas para los desperdicios y que crecen en completo desorden, sin calles ni áreas verdes, con casas al frente y varias "parte atrás", que fomentan la impunidad de la delincuencia juvenil.
Quizá cuando logremos captar el valor de esta ciudad, y el argumento vale para las comunidades del interior del país, nuestras autoridades se darán cuenta de que cada ciudad es un tesoro que vale la pena proteger y desarrollar de manera ordenada, precisamente para garantizar ese valor asociado a la mejoría de los servicios para todos.
Así, nuestros síndicos se ocuparán más de esa labor y menos del ornato sin sentido y sin estilo.
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