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El sueño dominicano

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El sueño dominicano
Foto fuente externa.
Muchas otras veces he contado cómo me sorprende día a día mi país. Sin duda, las inigualables situaciones que me presenta mi colorida vida cotidiana en la República Dominicana me han enseñado a erigir a mí alrededor murallas de paciencia y tolerancia, cementadas con buen humor y, claro está, deterioradas por una que otra colérica explosión. Pero en serio, ¿pueden culparme?

Podría quejarme de los interminables tapones que adornan las calles de la metrópolis, podría quejarme de las deficiencias del sistema, que siempre tiene cola que le pisen; del vanidoso montón de distinguidas damas de sociedad e incluso de los charlatanes padres de familia que día a día se sientan en la barra del colmado de la esquina a bajar par de frías y jugar dominó, pero ya tendremos ocasión para ello.

Hoy día, quisiera referirme a los siempre amables y solícitos dominicanos. Siempre me he identificado como dominicana, amigable, todo un derroche de afabilidad. He sido una turista más en esta isla, y me he comprado la imagen que me han vendido, sin embargo, más allá de las gloriosas playas que nos rodean, los estrechos caminos de un sector rural, en el centro del desarrollo y evolución he podido encontrar la verdadera esencia del dominicano, el ser más servicial del mundo.

Me he encontrado a la secretaria de la oficina pública que le cuesta decirte si se encuentra el jefe o no, me he encontrado con la oficial de Servicio al Cliente, que nunca puede explicarte cómo llevar a cabo una transacción, a la cajera del supermercado que desconoce las palabra "buenos días", "de nada', al mendigo de la esquina que te presenta todo un nuevo vocablo de groserías solo porque en ese momento no tienes menudo.

Me he encontrado al grupo de adolescentes que te escupe en la cara porque no les supiste indicar dónde quedan los moteles, al chofer de la OMSA que no te deja bajar del autobús hasta llegar a la base porque tenías el dinero "entero" y le hiciste perder el tiempo.

Les cuento que todo el derroche de cordialidad del que hacemos alarde los dominicanos, solo es tal cuando eres rubio, ojos azules, y posees visa, aunque sea para África, y es que si no tienes tatuado el letrero de "EXTRANJERO" en la frente, no eres nadie.

¿Y a quién culpar, a quién echarle la culpa de la falta de cordialidad que afecta a nuestros compatriotas? Tal vez a un sistema educativo inservible, al ajetreo del día a día que nos hace olvidar qué son las normas de cortesía y para qué sirven, a una madre permisiva, o a un padre indiferente, tal vez a todos a la vez o a ninguno.

A cada quien su santo. Yo he elegido el mío, culpo a las campañas publicitarias por venderme el sueño dominicano, una isla paradisíaca de afables habitantes, culpo al lechero, y al hijo del carnicero. La verdad es una e irrefutable: nos estamos perdiendo en un mar de agresión, malas caras y groserías, nos estamos perdiendo en nuestro llamado "derecho a que no me molesten" mientras vemos desdibujarse la imagen de lo que una vez fuimos.