El amor en los tiempos escolares
Es material de drama, tragedia, pasión y de escándalo, pero también escalpelo social para hincarlo sin miramientos en las convenciones que norman la posmodernidad en la Europa contemporánea. Cunde la alarma por el elevado número de delitos sexuales que se cometen en las escuelas, y que involucran por igual a estudiantes y profesores. Alumnos contra alumnos. Profesores contra discípulos. Alumnos contra profesores.
Un caso reciente estremece la imaginación. Las características circundantes nublan el camino hacia conclusiones precisas, pese a que ya los tribunales ofrecieron un indicio de soslayo: una joven profesora de música fue condenada a 15 meses de prisión por sostener relaciones con una alumna. Veintiséis y quince años. Enamoradas ambas y sin temor a reconocerlo públicamente. Decisión judicial compleja y que por detrás de su dureza deja escapar atisbos de simpatías, conmiseración, piedad o todo lo que cabe dentro del término amplio de humanidad cuando el amor, aunque prohibido, es el protagonista.
Dada la seriedad de la ofensa, el juez dictaminó que Helen Goddard debía ingresar inmediatamente a prisión. A seguidas, empero, dejó estupefacta a la audiencia compuesta por familiares, periodistas-buitres que se alimentan de la carroña social y curiosos que pululan por doquier. Al encierro el cuerpo, mas no los sentimientos, libres de llegar a la amada por la vía epistolar. Provisionalmente, hasta que vuelva a la libertad y a su música, que no habrá ya impedimento legal alguno para recomenzar el romance: el juez rechazó la petición paterna de prohibir por un lustro a Goddard acercarse a su objeto del deseo. Apenas unos días después de la sentencia, la joven estudiante traspuso el umbral de los 16 años, la edad del consentimiento sexual en la Gran Bretaña que soltó las amarras del puritanismo victoriano y lo ha confirmado así en reformas legales que, en la República Dominicana del subdesarrollo mental y la venda religiosa, provocarían estrépitos de moralina.
La historia es agridulce. Helen había sido una popular profesora, a sus anchas en las escuelas privadas de las clases del privilegio. La "Dama del Jazz" la apodaban, por la destreza y sutileza con que, trompeta en labios, acometía la excelente música. Tiene el genio de las notas entre sus talentos y hasta compartió escenario con una banda juvenil en las Olimpíadas de Sydney en el 2000. De las lecciones particulares surgieron otros intereses y, nada extraño, el desborde de las pasiones inundó a la más baja en edad. Decenas de intercambios de mensajes telefónicos pasados de bermellón, nocturnidad compartida en el lecho y hasta una escapada furtiva a París que incluyó la participación en un desfile del orgullo homosexual.
Sueltas las pasiones, también la lengua. La estudiante no aprendió la lección de la discreción y los rumores se esparcieron por la exclusiva escuela, hasta llegar a los oídos de un padre que, preocupado, pidió al director que investigara. De ahí a la Policía allanar la casa de Helen y descubrirla en los brazos de su amante adolescente no tardó mucho. Cinco meses de romance y quince meses de condena, de los cuales deberá cumplir al menos la mitad. Jamás podrá enseñar a menores y durante 10 años estará en el registro de los delincuentes sexuales. Muy mala compañía.
El sexo está por todas partes y las escuelas distan de ser la excepción. Pero en Europa no se andan con paños tibios y otros códigos, muy severos, rigen en las aulas. La mayoría de edad se alcanza a los 16 (en Francia, 14) para las relaciones heterosexuales, pero sube a los 18 cuando se trata de una posición de confianza, caso de un maestro.
No es ésta una crónica más de las que se aparecen con frecuencia en la prensa británica sobre el amor y seducción en los tiempos escolares. Como aquella reciente de la profesora cuyo material de enseñanza, los clásicos, distaba siglos luces de la edad de los alumnos a los que seducía. O del profesor recién casado, con la mujer embarazada, entretenido con una menor cuya edad alegó desconocía, argumento que empantanó la decisión del jurado. Helen y su alumna se embarcaron primero en una relación de amistad, de tés y cafés tras las clases de música, de paseos por el parque. Lo cierto es que la distancia en edad mental entre ambas es más corta que la física. Y entre la música y el sexo, aún menos.
La seducción operó al revés. La alumna confesó que enamoró a la maestra. Lotería genética o aprendizaje, nadie sabe. Psiquis y Cupido precedieron a Lesbos: el discurrir amatorio de Helen había sido heterosexual. El Reino Unido es un modelo de la no discriminación por razón de preferencia sexual. Para las leyes y la sociedad británica, el equívoco no está en el género sino en la edad y, cosas del destino, las circunstancias. De Helen haber enseñado en otra escuela, hoy estaría en libertad física y de amar a la adolescente.
A la memoria viene otra "cause célèbre", recogida en un libro y luego llevada a la pantalla con maestría por André Cayatte -abogado además de cineasta- en el filme "Mourir d'aimer", con la voz firme de Charles Aznavour apoderada del tema musical homónimo: Morir de amor. En 1968, la profesora Gabrielle Russier, en ese entonces con 39 años y divorciada, entabló una relación amorosa con Cristian Rossi, de 17. Los padres del adolescente, también maestros en Marsella, lograron enjuiciar y condenar a Gabrielle tras separarla de Cristian, a quien enviaron al extranjero. Decepcionada, paria social y consumida por un amor genuino sin posibilidad, se suicidó en 1969. A Aznavour se unió Compay Segundo en una versión en español que en uno de los versos resume la tragedia de la incompresión: "Si nuestro amor es invencible/ y ante los hombres, imposible/ no tengo otra solución:/ morir de amor. Vaya paradoja, porque 1968 fue el año que marcó a Francia y estremeció al mundo, el año de "prohibido prohibir", de la búsqueda de nuevos espacios de libertad e individualidad. También de la intolerancia: Robert Kennedy y Martin Luther King asesinados.
La razón debe imponerse aunque Helen Goddard despierte simpatías y comprensión, y su decisión de doblegarse al instinto obedezca a un amor genuino. Las reglas en las aulas británicas apuntan hacia la prevención. A los maestros se les instruye para que eviten el contacto con sus discípulos fuera del plantel. Nada de correo electrónico, de intercambio de números telefónicos, de bolas, de mensajes de textos por teléfono y Facebook. La tentación no puede imponerse a la responsabilidad que se adquiere al convertirse, desde la posición de maestro, en un punto de referencia para el estudiante. Es el abuso de la confianza, el aprovechamiento de la vulnerabilidad emocional de adolescentes inmaduros que apenas se asoman a la vida, lo que se castiga. Helen, se presume, debía saberlo. En el maestro adulto, el torbellino hormonal no es excusa.
La ley es una, la realidad otra. La sexualización de la adolescencia ha convertido en letra muerta la mayoría de edad legal. Una encuesta reciente entre menores reveló que la preocupación mayor es la apariencia física. El problema no es a qué edad el sexo consensual es legal, sino cuándo y cómo un joven adquiere la madurez para desarrollar relaciones que no traben su desarrollo emocional y personal. La educación, luego, es más relevante que cualquier legislación. Una decisión anunciada ayer por el ministro británico del área va a la raíz del problema: la educación sexual será obligatoria al menos durante todo un año cuando se llegue a los 15.
Habilitada legalmente para tener sexo a temprana edad, pero no para comprar alcohol o cigarrillos. La salud física importa más que la mental. La forma antes que el fondo. El centro de gravedad moral de la juventud luce cada vez más difuso. Quizás sea éste el argumento crucial para rechazar cualquier noción romántica de la relación de Helen y su alumna. Porque la escasez de compás moral certifica la relevancia del profesor como guía en reemplazo de los padres.
Decenas de intercambios de mensajes telefónicos pasados de bermellón, nocturnidad compartida en el lecho y hasta una escapada furtiva a París que incluyó la participación en un desfile del orgullo homosexual.